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EL PADRE RAFAEL

Beato Rafael Arnáiz Barón (1911-1938)



Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de Abril de 1911 en Burgos y vivió allí sus primeros años. Fue el primero de los cuatro hijos de Rafael Arnáiz y Mercedes Barón. Su padre amante de la naturaleza, ejercía como ingeniero de montes, su madre era enfermera y escribía con cierta frecuencia crónicas de sociedad en algunos periódicos y revistas de la época.

Se educó en colegios de la Compañía de Jesús, tanto en Burgos como en Oviedo, ciudad a la que se trasladó con su familia en 1922, por exigencias profesionales del padre.


PINTURA Y ARQUITECTURA

Recibe, a petición suya, clases del pintor Eugenio Tamayo en Oviedo, y obtiene en esta ciudad, el título de Bachiller con la intención de iniciar la carrera de arquitectura. El 26 de Abril de 1930 es admitido el la Escuela de Arquitectura de Madrid.

Ya desde su adolescencia se había revelado Rafael como una persona sumamente humana y sensible, con grandes cualidades intelectuales y espirituales, y todo ello conjugado con un talante alegre, abierto, positivo y dispuesto a la amistad. Su sensibilidad para descubrir la belleza en todo lo que le rodeaba, fue sin duda determinante para ingresar en la escuela de arquitectura, lugar donde podría desplegar sus dotes artísticas y científicas.


LA TRAPA

La armónica integración de sus cualidades, junto a un profundo sentido cristiano de la vida y de la realidad, hacen cristalizar en él, aún después de haber iniciado la carrera de arquitectura, la vocación monástica cisterciense, por lo que cuatro años después del comienzo de su andadura universitaria en Madrid, ingresa en el monasterio de San Isidoro de Dueñas -conocido como La Trapa-, el 15 de Enero de 1934, presentando como su mejor bagaje personal “un corazón muy alegre y con mucho amor a Dios”

A partir de entonces, parece como si el proceso personal de Rafael se precipitara: sólo le quedan cuatro años de vida, que debido su débil salud por una diabetes sacarina manifestada cuatro meses después de su ingreso, pasará alternativamente entre su casa familiar y la comunidad monástica. Este hecho marcó drásticamente sus últimos años, descubriendo Rafael en su enfermedad, el camino que Dios le ofrecía como monje y como persona.

Rafael aseguraba en sus temporadas en el monasterio, que era “el hombre más feliz de la tierra” aunque después de la aparición de su enfermedad reconocía su situación personal diciendo “vine a la Trapa buscando una cosa y el Señor me ha dado otra”. En la cruz descubrió su tesoro, su descanso. En ella descubrió que estaba Dios, y no la cambiaría por nada ni por nadie, como él decía. La amó hasta la paradoja de sentirse absolutamente feliz porque se sentía absolutamente desgraciado.

Pese a la brevedad y el particular desarrollo de su vida y vocación, y como si su evolución espiritual se hubiera relanzado de manera grandiosa a causa de sus circunstancias personales, Rafael se presenta como la plena realización de la gracia vocacional cisterciense, como profundamente lo refleja una de sus expresiones más conocidas: ¡Sólo Dios!

Rafael es testigo y testimonio de la trascendencia y de lo absoluto de Dios, pero no tanto de un Dios del que se conocen muchas cosas, cuanto de un Dios experimentado en la propia vida como Amor absoluto.

La única aspiración de la existencia de Rafael fue “vivir para amar”, siendo esta la nota sobresaliente de su personal y rica espiritualidad, -marcada por una intensa vivencia del misterio de la Cruz de Cristo y de la presencia de María en su camino de discípulo de Jesús-, que le constituye en uno de los grandes maestros de vida espiritual de nuestros tiempos.

Murió en el Monasterio de la Trapa de San Isidoro de Dueñas el día 26 de Abril de 1938 a los 27 años de edad. El 27 de septiembre de 1992 fue declarado Beato por Juan Pablo II. Actualmente se tramita su proceso de canonización. Su fiesta se celebra el 26 de Abril.

Hoy sus escritos están traducidos a numerosos idiomas. Dentro de la abundante bibliografía sobre su figura y escritos destacan: la publicación de su Vida y escritos (Ed. Perpetuo Socorro. Madrid) y sus Obras Completas (Ed. Monte Carmelo. Burgos). Y entre los estudios sistemáticos de su figura y espiritualidad: “El deseo de Dios y la Ciencia de la Cruz”, de Antonio Mª Martín Fdez-Gallardo, monje cisterciense de San Isidoro de Dueñas.

Se podría decir que Rafael ha puesto el cielo a la altura de nuestros pies, para que todos podamos entrar en él. Ciertamente Rafael era un chico normal, muy normal, siendo su verdadera grandeza, su amor a Dios y su humildad.




 
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