Desde el inicio de la modernidad —e incluso a lo largo de la posmodernidad— el discurso arquitectónico se ha alejado progresivamente de la idea de belleza, que ha sido sustituida por otras formas de legitimidad vinculadas a la función, la racionalidad, el progreso social, la tecnología, la construcción, las prestaciones o el discurso crítico. Sin embargo, la belleza parece haber reaparecido por primera vez en décadas como una preocupación explícita en el seno de la cultura arquitectónica contemporánea.
Lo que hace especialmente fascinante este retorno de la belleza es que surge precisamente en un momento en el que la arquitectura parece haber perdido gran parte de su antigua capacidad de incidencia política y colectiva. La belleza reaparece al mismo tiempo que la urbanización neoliberal banaliza cada vez más la ciudad, la vivienda se convierte progresivamente en un activo financiero, el espacio colectivo se debilita y la experiencia cotidiana queda absorbida por la cultura digital y el consumo incesante de imágenes. En otras palabras, la belleza regresa en una condición histórica marcada por la fragmentación, la erosión de los imaginarios culturales compartidos, la ansiedad ecológica, la saturación visual y una crisis más amplia de la representación política. Lejos de reaparecer en un marco cultural estable o coherente, la belleza contemporánea emerge en un mundo profundamente inestable: como síntoma, como compensación, como refugio, como forma de resistencia o, quizá, como búsqueda de nuevas formas de significado colectivo.
¿Por qué la belleza fue relegada durante tantas décadas y por qué regresa precisamente ahora? ¿Es la belleza un síntoma de la pérdida de capacidad de actuación de la arquitectura y un repliegue hacia la autonomía disciplinar? ¿Ha surgido como reacción frente al exceso de pensamiento tecnocrático o, por el contrario, como un intento legítimo de recuperar nuevas formas de significado, percepción, atmósfera, convivencia, entrelazamiento y experiencia colectiva? Es precisamente esta ambigüedad la que convierte el retorno contemporáneo de la belleza en una cuestión tan sugerente e intelectualmente fértil para la arquitectura actual.
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