La arquitectura, como disciplina y como producto finalista, forma parte de las dinámicas geopolíticas hasta un extremo absolutamente capital, que tiende a pasar desapercibido incluso para los arquitectos y las arquitectas.
La realidad disciplinar, si la entendemos pues como un actor geopolítico, se sustancia a varios niveles. Es evidente que como producto industrializado la arquitectura consume materiales y mano de obra y está sujeta a las dinámicas de flexibilización, desregulación y, aunque pueda parecer contradictorio por su carácter inmueble, deslocalización del trabajo latentes en el capitalismo financiarizado e informacional del siglo XXI. Como parte de la red de consumo, el parque edificatorio europeo es responsable de la producción del 70% de los gases de efecto invernadero; en la comparación, muchas veces manida, con el parque automovilístico, la arquitectura parte con la desventaja de la durabilidad: apenas quedan coches circulando con más de un siglo cosa que no puede decirse de nuestras ciudades en las que la rehabilitación energética es una parte fundamental de las estrategias verdes del gobierno español y el europeo.
Por si la cuestión económica e industrial no fuera suficiente, el valor de la arquitectura en la estrategia geopolítica es la de portar consigo la capacidad de representación política y pública de los estados y de las sociedades. Desde el futuro nuevo para las clases trabajadoras que imaginó la primera Bauhaus a los barrios expansivos de los 70 o las ecociudades, desde la política de vivienda a las obras públicas, la política permea la disciplina, de forma que esta, más allá de una lectura teórica, posee siempre un componente estratégico del que no puede despegarse.