En Los lugares de Petrarca se imbrican literatura, arquitectura y paisaje, biografía y ensayo, libro de viajes y diálogo anacrónico para describir el apasionante periplo que va desde los sofisticados palacios de los papas en Aviñón y las cortes de los príncipes italianos en tiempos de la peste negra hasta los singularísimos retiros erigidos por Petrarca en Fontaine- de-Vaucluse y Arquà. Los diversos paisajes y escenarios permiten responder algunas de las preguntas que inquietaron al autor del Canzoniere tanto como nos siguen inquietando a nosotros: ¿por qué buscamos la soledad en la naturaleza?, ¿de qué huimos?
«La escena es vulgar, y demuestra que la Historia es mentirosa o, si no es mentirosa, está hecha de fabulaciones y fragmentos con los que construimos relatos. Lo que se advierte en la escena es, de entrada, la estructura incompleta de unas ojivas rotas y unos muros consumidos, a los que en verano dan sombra unos plátanos de ciudad de provincias. Después aparece un jardín no menos provinciano, pero con ínfulas pintorescas. Hay allí una cancela que recuerda que el jardín está en una ciudad».
«El primero y mejor mapa del petrarquismo se publicó en 1525 en la que por entonces era la capital de las imprentas. Desde los tiempos del gran Aldo Manucio, Venecia podía jactarse de sacar a la luz laberintos de palabras con la forma de libros que muchos consideraban los más bellos del mundo. Bella es, desde luego, la edición de Le Volgari opere del Petrarcha con la esposizione di Alessandro Vellutello da Lucca, centón de apretada letra itálica cuyo mayor tesoro es cartográfico: una tavola de los lugares del amor de Laura y Petrarca. Por su aspecto, la tavola parece de entrada un mapa más que Vellutello, hombre de letras y geografías, sabe encuadrar con tino».
«No se trata de un mapa real, o no del todo real, sino literario, aunque no del todo literario, y en esto entronca con una tradición que, si entonces no era muy vieja, sí podía blasonar ya de fecunda: la de elucidar con imágenes el significado de pasajes poéticos o filosóficos. Cristoforo Landino, de la Academia platónica de Florencia y tutor de Lorenzo el Magnífico, había sometido la Comedia de Dante a un minucioso examen crítico que se acompañó con numerosos grabados».
«Hoy puede parecernos cuestión bizantina, pero la glosa visual de la Comedia era entonces más que un juego, habida cuenta de que en ella se practicaban los malabares de la crítica en la misma medida en que se ventilaban cuestiones que, como la de darle una forma al mundo, iban más allá de las letras y concordaban con el espíritu de la época, bizarro y descubridor. Pero tras el empeño de figurarse el cosmos contemplando el cielo sin dejar de mirar a los libros, yacían también otras pulsiones: la de complacerse en los nuevos mecanismos de la bidimensionalidad (perspectiva lineal y otras proyecciones geométricas) que permitían representar fielmente los objetos sobre lienzos y mapas».
Intervienen
Luis Alemany, periodista y escritor
Eduardo Prieto, arquitecto y ensayista