Nacido en Bilbao el 27 de noviembre de 1939, Rafael Olalquiaga llevaba establecido en Madrid desde hacía largo tiempo, tras la conclusión de sus estudios en la Escuela de Arquitectura el 26 de junio de 1963, doctorándose en ella cuatro años después. Fue tempranamente colaborador de algunos de los grandes arquitectos de la década, hasta que desde 1968 lo hizo de modo permanente con Ramón Vázquez Molezún, a quién consideraba su maestro y de quién aprendió, en sus palabras, "el equilibrio perfecto entre inventiva y lógica", que luego trató de aplicar en sus proyectos. Con él, al que le unió también una entrañable amistad, y con José Antonio Corrales realizó algunos reconocidos proyectos, como el Edificio Cofares (1970), las oficinas y almacenes de Galerías Preciados en San Fernando de Henares (1970 y 1973), en ambas obras colaborando su hermano el ingeniero Javier Olalquiaga, la Estación de Chamartín (1972), junto al ingeniero José Antonio Pruneda, o el Edificio Pastor (1979) en el Paseo de Recoletos, que también contó con la colaboración de Gerardo Salvador Molezún y fue Premio Juan de Villanueva del Ayuntamiento de Madrid. Sólo con Molezún llevó a cabo el Puerto Sotogrande en 1987, entre otros muchos proyectos.
Tras el fallecimiento de Ramón Vázquez Molezún el 1 de octubre de 1993 emprendió una nueva etapa de su actividad profesional, fundando al año siguiente Olalquiaga Arquitectos, al que se incorporarían sus hijos arquitectos, fruto de su matrimonio con Regina Bescós Arroyo, Pablo y Alfonso, tras sus titulaciones en 1997 y 2005, respectivamente. También han sido muchos los premios y reconocimientos obtenidos en estos más treinta años, destacando la rehabilitación de las cubiertas del Museo Nacional del Prado (1995), con Dionisio Hernández Gil, las 8 Viviendas en Mirasierra (2010), Premio Asprima a la Mejor Actuación en Vivienda Libre de Nueva Construcción, o las Viviendas en el Eco-Bulevar de Vallecas para la EMVS (2013), Premio COAM 2014 y Premio de la XIII Bienal Española de Arquitectura.
El COAM quiere unirse al dolor de su viuda, hijos y nietos en tan irreparable pérdida.
Descanse en paz
RAFAEL OLALQUIAGA SORIANO, IN MEMORIAM
Queridos compañeros,
Comienzo por decir, que es un reto difícil hablar de un íntimo amigo. Son tantas las vivencias y las impresiones personales que vienen a la memoria, que no es fácil diferenciar las particularidades comunes y generales de las más cercanas e íntimas.
Naturalmente prefiero mencionar las primeras que estas últimas, por estar sometidas a un prisma individual y por lo tanto partidista.
Desde un aspecto personal, Rafa era riguroso, auténtico, responsable y austero. Su rectitud y franqueza le hacían, a veces, alejarse de posturas convencionales, más cómodas en ambientes sociales, sin embargo, era fácil en la cercanía.
Hablando de su profesión, es reconocido por su gran trayectoria en la arquitectura.
La arquitectura, más que su profesión, era su dedicación y su afición. Para él, su trabajo parecía fácil por la sencillez, yo diría que facilidad, con la que emprendía los proyectos. Se basaba en los datos reales y siempre encontraba un detalle inspirador que conducía el proyecto, que por muy original e imaginativo que fuera, lo hacía funcional y comprensible. Algo así, como de lo pequeño llegar a lo grande.
Debo confesar, que además de la práctica, era un gran pedagogo, sabiendo transmitir los sentimientos que le llevaban a los buenos resultados de sus obras.
Yo me siento un aprendiz suyo precisamente por los largos ratos que he pasado, en los que me ha contagiado mucho de su vocación y de su pasión por la arquitectura.
Tuvo grandes maestros en los años que trabajó con Ramón Vázquez Molezún y también colaborando con Jose Antonio Corrales. Del primero aprendió su intuición para encontrar el alma de los proyectos y del segundo, su rigurosidad y dedicación incansable en el trabajo. Estas virtudes las asimiló en gran medida.
Después de un trabajo independiente, se incorporaron a su estudio dos grandes arquitectos, sus hijos Pablo y Alfonso, que ya destacaron mucho en sus años de estudiantes. Durante esta etapa, su íntimo amigo desde la infancia, Antonio Armengot y yo, hemos disfrutado, como espectadores, comentando sus proyectos, más como charla entre amigos que entre profesionales, con lo cual me resultaban unas conversaciones de lo más amenas.
Quiero destacar, por su trascendencia, que, como la Felicidad, con mayúsculas, depende principalmente de la satisfacción de la ayuda a los demás, Rafa ha tenido que ser muy feliz, pues a través de su vocación y entrega a su trabajo, siempre bien hecho, ha supuesto una gran aportación en beneficio de la sociedad.
Termino rindiéndole un recuerdo inolvidable,
Juan Paradinas Riestra
UN HOMBRE BUENO
Nos ha dejado Rafael Olalquiaga Soriano, un hombre bueno y honrado en la vida y en la arquitectura.
Tenía una coherencia admirable entre lo que pensaba y hacía. Por eso fue un hombre libre y justo. No tenía prejuicios ideológicos ni ataduras materiales y siempre se mantuvo fiel a sus principios. Apreciaba mucho la naturalidad en las personas y en la arquitectura. No entendía los recursos superfluos o banales.
Para él, el valor del sacrifico, la amistad y el espíritu de equipo, estaban muy unidos a los del deporte. Su padre, que fue jugador y entrenador del Atlético de Madrid, le inició desde pequeño en el mundo de la pelota vasca. Llegó a ser tres veces campeón de España de pala corta, una etapa inolvidable para él, que siempre recordaba por el ambiente de camaradería vivido entre teóricos rivales. Esto le influyó mucho y siempre lo intentaba llevar a todos los ámbitos de su vida.
Disfrutaba del trabajo en equipo. Escuchaba a todo el mundo con el máximo respeto, transmitiendo su opinión siempre como una más. No entendía la imposición, sabiendo que el dialogo siempre llevaba a buen puerto. No conocía la envidia. Nunca se comparó con nadie y los éxitos de sus compañeros eran para él una alegría y un orgullo.
Entendía los concursos de arquitectura como una parte esencial del ejercicio profesional. “Gimnasia mental” decía que lo llamaba Molezún. Probablemente era lo que más disfrutaba. Cuando perdíamos algún concurso no se lamentaba, solo quería ver el proyecto ganador y así poder aprender de los errores para el siguiente concurso. El último de ellos en el presente año, y de cuyo fallo se enteró estando ya ingresado.
Siempre hablaba de sus maestros. El primero de ellos Julio Cano Lasso, profesor suyo de proyectos en la Escuela, del que decía que siempre le tuvo mucho “mimo”. Más tarde Fernando Higueras, con el que estuvo trabajando unos meses al poco de acabar la carrera, y del que decía que era un auténtico prodigio. Posteriormente Alejandro de la Sota, que lo llamó para que colaborara, al igual que él, en el Instituto Nacional de Colonización, para el que realizó el proyecto del Poblado de Adriano, en la provincia de Sevilla.
Transcurridos estos primeros años de profesión llegaría Ramón Vazquez Molezún, su verdadero maestro, con el que llevaba años deseando poder trabajar. Con él estaría desde 1966 hasta su fallecimiento en 1993. En estos años colaboraría además con un sinfín de extraordinarios arquitectos, empezando, cómo no, por Jose Antonio Corrales, y continuando por Gerardo Salvador Molezún, del que era inseparable.
Tras esta etapa, montó estudio propio y posteriormente nos unimos sus hijos Alfonso y Pablo, formando Olalquiaga Arquitectos. Ha sido un maestro para nosotros. Tuvo la paciencia para hacer entender su manera de ver la arquitectura a dos jóvenes arquitectos recién titulados que querían comerse el mundo. Aprendimos de él que cada proyecto es una nueva aventura, un empezar de cero, buscando en uno mismo y no en otros o en el pasado. Nos trasladó lo que aprendió de sus maestros y nos ha ido cediendo el testigo, poco a poco, desprendiéndose del protagonismo con una sabiduría y generosidad enormes. Nos ha dejado un ejemplo del que nos sentimos orgullosos y que nunca olvidaremos.
Destacamos su capacidad de trabajo, su genialidad al encontrar el enfoque de cada proyecto y su amor por el oficio de la arquitectura. A nosotros nos queda su legado representado por su tablero con los dibujos de los proyectos que trabajó hasta el último momento.
Alfonso Olalquiaga Bescós
Colegiado COAM 16640
Pablo Olalquiaga Bescós
Colegiado COAM 12952
Rafa
Tras la muerte de mi padre, Ramón Vázquez Molezún, sentí un vínculo más fuerte con sus compañeros José Antonio y Rafael, quizá por la necesidad de perdurar la conexión con su mundo y la arquitectura, ellos fueron mis referencias y padrinos ante la ausencia de Ramón. Durante un tiempo, compartimos espacio en el estudio, mientras revisaba y organizaba todo el material, me reconfortaba su presencia, todos los días allí sentado, delante del tablero, tranquilo, como siempre lo había hecho con mi padre, igual…
Rafa era entrañable y simpático, me compartía anécdotas y recuerdos, agradecido y cariñoso con su maestro, compañero y amigo. En mis últimas visitas a su estudio, allí estaba, trabajando en algún concurso, con alegría, infatigable y pensé que así sería siempre, por los tiempos de los tiempos…
Hoy os imagino, juntos de nuevo, echando unas risas ante el tablero y felices…
María Vázquez Molezún
Marzo de 2025