Sidney es una joya en la inmensidad del Pacífico descubierta por el famoso Capitán Cook en 1770, cuyos primeros viajeros no fueron colonos sino convictos, llegados a una tierra en una lejanía desconocida, llena de belleza pero difícil de habitar y domesticar. Para entender su breve pero singular historia y la intensa transformación de su territorio es necesario acercarse a la ciudad desde su bahía. El puerto constituye la razón y ser de la metrópolis, e icónicas obras como la Ópera de Sidney o el Harbour Bridge, convertidas en referencias permanentes de la ciudad, fueron talladas y pensadas desde y hacia esta lámina de agua. La construcción del paisaje de Sídney radica en una hermosa y compleja simbiosis entre naturaleza e intervención humana, un verdadero laboratorio experimental que pone en relación nuevas prácticas urbanas, diurnas y nocturnas, todo ello concentrado en una imagen de éxito, de ciudad abierta, dinámica y cosmopolita que despierta el interés de muchos y acoge a todo aquel que desee adentrarse en este venturoso viaje.