D. César Ortiz-Echagüe Rubio nació en Madrid en 1927, en cuya Escuela de Arquitectura estudió y se tituló en 1952. Colegiado en el COAM con el nº 988, se encontraba entre los arquitectos colegiados más veteranos tras 73 años de colegiación.
Participó ampliamente en la gestión colegial, pues fue miembro de la Junta de gobierno tanto en 1957 como en 1977.
Su importante labor como arquitecto, cuya obra constituye un ejemplo de sobriedad y elegancia, fue muy difundida, pues en el catálogo de la Biblioteca del COAM se constatan 63 reseñas sobre su obra, muchas de ellas con su compañero Rafael Echaide, de las cuales siete son artículos de la revista colegial Arquitectura.
Asimismo, en la guía de Arquitectura de Madrid aparecen cuatro obras suyas: el Instituto Tajamar, una de sus obras maestras, junto al Banco Popular Español, los Talleres de la SEAT y los trabajos de consolidación de una gran manzana en el Barrio del Retiro.
El COAM siente profundamente la pérdida de este gran maestro, que nos deja, pero permanece en su obra, profunda y serena.
César Ortiz-Echagüe, arquitecto de una generación irrepetible
Ha muerto en Madrid, a los 99 años, César Ortiz-Echagüe Rubio, uno de los arquitectos más destacados de aquella extraordinaria generación que, en los años cincuenta, contribuyó decisivamente a introducir en España una arquitectura moderna, rigurosa y abierta a las nuevas posibilidades de la técnica. Había nacido en Madrid el 13 de enero de 1927, en el seno de una familia de profunda sensibilidad artística. Era hijo de José Ortiz-Echagüe, ingeniero, aviador, empresario —fundador de SEAT y de CASA— y reconocido fotógrafo, y sobrino del pintor Antonio Ortiz Echagüe.
Yo tuve la fortuna de conocerle cuando, siendo todavía muy joven, trabajó durante un verano con mi padre en Bilbao, hacia 1951. César era entonces un arquitecto que comenzaba a abrirse camino, pero ya poseía esa mezcla de inteligencia, entusiasmo y cordialidad que habría de caracterizarle durante toda su vida. Aquel encuentro, que podría haber quedado reducido a una circunstancia pasajera, se convirtió para mí en el comienzo de una relación de afecto y admiración que nunca se interrumpió.
Ortiz-Echagüe ingresó en 1947 en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid y terminó la carrera en 1952. Su proyecto fin de carrera obtuvo aquel mismo año el Premio Anual de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, un reconocimiento excepcional que anunciaba ya una trayectoria profesional de singular brillantez.
Muy pronto comenzó una colaboración que marcaría la arquitectura española de los años cincuenta y sesenta. En 1955 se asoció con Rafael Echaide, formando uno de los estudios más innovadores de aquel momento. Antes incluso de constituirse la sociedad profesional, Ortiz-Echagüe había intervenido, junto con Manuel Barbero y Rafael de la Joya, en el proyecto de los comedores de trabajadores de la factoría SEAT de Barcelona. Aquella construcción, de extraordinaria modernidad por su empleo de estructuras y elementos de aluminio, recibió en 1957 el Reynolds Memorial Award, concedido por el American Institute of Architects. Ortiz-Echagüe fue el primer arquitecto español en obtener aquel importante reconocimiento internacional.
A partir de entonces, el estudio Ortiz-Echagüe-Echaide desarrolló una obra que supuso una verdadera renovación de la arquitectura española. Los edificios de SEAT en Barcelona y Sevilla, los laboratorios de la factoría barcelonesa, las oficinas y sucursales del Banco Popular y otros edificios comerciales incorporaron con naturalidad el acero, el vidrio y los nuevos sistemas constructivos. La influencia de Mies van der Rohe era evidente, pero no se trataba de una simple imitación: había en ellos una voluntad de adaptar la racionalidad constructiva y la precisión tecnológica a las circunstancias españolas.
Su actividad alcanzó también de manera muy señalada la arquitectura escolar. El Instituto Tajamar, en Vallecas, construido en sucesivas fases entre 1960 y 1966, se convirtió en una de sus obras más queridas y representativas. A él se sumaría el Colegio Retamar, en Somosaguas. En ambos casos, la arquitectura no se concebía únicamente como una cuestión formal o constructiva, sino como un instrumento al servicio de la educación y de la dignidad de los espacios destinados a niños y jóvenes.
Aquellos años hicieron de César Ortiz-Echagüe una de las figuras más brillantes de la arquitectura española de su tiempo, junto a nombres como Alejandro de la Sota, Javier Carvajal y tantos otros protagonistas de la renovación de la Escuela de Madrid. Su inquietud no se limitó a construir. Fue también un gran divulgador de la arquitectura española en Europa, con conferencias, publicaciones y contactos profesionales que contribuyeron a que fuera conocida fuera de nuestras fronteras. En 1974 fue nombrado académico de Arquitectura de la Academia de Bellas Artes de Baviera.
Pero la trayectoria de Ortiz-Echagüe no puede entenderse solamente desde su producción arquitectónica. En 1959 comenzó a dedicar una parte fundamental de su vida a tareas de servicio dentro del Opus Dei y, en 1967, terminó su actividad ordinaria al frente del estudio profesional. Sin embargo, su relación con la arquitectura y con los arquitectos nunca desapareció.
En 1983 dio un giro todavía más profundo a su vida. Fue ordenado sacerdote en Roma por san Juan Pablo II y, a partir de entonces, desarrolló fundamentalmente su ministerio sacerdotal en Alemania, aunque también ejerció en Italia y España. Durante más de tres décadas permaneció vinculado a Alemania, sin perder nunca su relación con la arquitectura ni su interés por las nuevas generaciones de arquitectos.
Su vocación sacerdotal no supuso una ruptura con lo que había sido, sino una prolongación de su actitud de servicio. La misma ilusión con la que había afrontado los proyectos arquitectónicos la puso al servicio de las personas que encontraba en su camino. Seguía siendo, en lo esencial, el César que yo había conocido en Bilbao: inteligente, trabajador, cordial, lleno de iniciativas y siempre dispuesto a ayudar.
En sus últimos años regresó a Madrid. Quienes tuvieron ocasión de escucharle entonces pudieron comprobar que seguía conservando intactas la curiosidad intelectual, la pasión por la arquitectura y, sobre todo, aquella extraordinaria capacidad de entusiasmo que le había acompañado durante toda su vida. Todavía tuvo tiempo de pronunciar alguna conferencia en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Complutense, donde volvió a transmitir, con la claridad y la viveza de siempre, su experiencia y su amor por la profesión.
Yo le recuerdo con especial afecto por esa combinación, poco frecuente, de talento y bondad. Nunca hizo valer sobre los demás su prestigio ni sus conocimientos. Al contrario, sabía hacer que quienes trabajaban con él se sintieran partícipes de los proyectos y capaces de aportar algo valioso. Su trato era cercano, cordial y lleno de confianza. Incluso cuando hablaba de cuestiones complejas, lo hacía con una sencillez que facilitaba el diálogo y despertaba el entusiasmo.
Por eso, al recordar hoy su figura, resulta difícil separar al gran arquitecto del hombre bueno que había detrás de aquella inteligencia excepcional. Perteneció a una generación irrepetible que abrió nuevos caminos a la arquitectura española y que supo mirar hacia Europa cuando nuestro país todavía vivía en buena medida de espaldas a ella. Pero su legado no está solamente en los edificios que dejó construidos, ni en los premios que recibió, ni en la influencia que ejerció sobre varias generaciones.
Está también en las personas a las que ayudó, en los jóvenes a los que alentó, en los proyectos que impulsó y en la alegría con la que supo vivir su larga y fecunda existencia. En mi caso, está además en la gratitud por haberme permitido compartir con él trabajos y conversaciones que han dejado una huella profunda en mi vida profesional.
Eugenio Aguinaga
Hablar hoy de la altura como arquitecto de César Ortiz-Echagüe es superfluo; en poco más de una década, junto con su socio Rafael Echaide, hizo más y mejor arquitectura que la gran mayoría de todos nosotros. No sé de ningún otro profesional español -salvo Barbero y de la Joya, claro, acompañantes en su aventura norteamericana- a quien Mies Van der Rohe haya dado un premio personalmente; una simple anécdota, pero que da la talla de su excelente oficio.
Se sabe menos, quizá, que en su estudio aplicó verdaderos principios cristianos en la organización, escala de remuneraciones y enseñanza, llevando sus creencias al trabajo diario. Tampoco es muy conocida su labor, tras la temprana retirada del tablero, de difusión de la arquitectura española, ni que siguiera muy al día la marcha de lo que se ha estado haciendo aquí y fuera: no hará mucho que intercambiamos referencias de libros de proyectos muy recientes de todo el mundo.
Tuve el privilegio de marcar mi infancia y juventud en su arquitectura. Y muchos años después, la fortuna de tratarle con frecuencia, ya completamente retirado, en conversaciones que merecerían ser divulgadas. En ellas explicaba sus proyectos con una lógica y sensibilidad ejemplar, opinaba con frescura sobre figuras y movimientos y rememoraba su corta, intensa e interesantísima actividad. Pero más allá de esto, transmitía también una vida profesional y personal inseparable de una fe poderosa, entreverada de valores que en sus palabras me resultan de una autenticidad abrumadora.
Este fin de semana has partido por fin a reunirte con el Jefe, como te gustaba llamar al Creador en confianza. Ya descansas, pues, en paz, tras 99 años de una espera que se te estaba haciendo muy larga. En todo caso, estoy convencido -muchos lo estamos- de que esto es un simple hasta luego, y de que tarde o temprano nos reencontraremos. Mientras tanto, toca echarte de menos. Hasta siempre, don César.
Carlos Irisarri