Jose Manuel López-Peláez (1945-2025) recibió el Premio Nacional de Arquitectura en 1971 (con Julio Vidaurre, arquitecto y los estudiantes Eduardo Sánchez y Javier Frechilla). Inicia en 1971 la docencia como profesor de proyectos en la ETS de Arquitectura de Madrid, llamado por Antonio Fernández Alba. Su Tesis Doctoral “La Arquitectura de Gunnar Asplund” obtiene el Premio Extraordinario de la Universidad Politécnica de Madrid y el Premio del II Concurso de tesis doctorales de la Fundación Caja de Arquitectos, publicándola en su colección Arquithesis. Es cofundador del estudio "Frechilla & López-Peláez, arquitectos" (Frechilla, Herrero y López-Peláez), cuya labor profesional ha sido premiada en numerosos concursos y difundida en exposiciones y publicaciones diversas, nacionales e internacionales. Su obra ha formado parte del Pabellón Español de la IX Bienal de Arquitectura de Venecia. Publica en 2007 el libro “Maestros Cercanos”, número 4 de la Colección “La Cimbra” editada por la Fundación Caja de Arquitectos donde se recopilan diversos textos y trabajos de investigación. En enero de 2008 obtuvo la plaza de Catedrático de Proyectos en la ETSAM. En julio de 2015 fue nombrado Profesor Emérito de la Universidad Politécnica de Madrid.
Papel de Calcar
A la memoria del arquitecto y profesor José Manuel López-Peláez
He tenido la suerte de compartir con José Manuel, desde 1971 hasta hace tres días, experiencias profesionales durante más de cuarenta años, docentes durante treinta años y vitales durante los últimos cincuenta y cinco.
Desde ese hábito, desde esa cotidianeidad, no me resulta fácil sintetizar la compleja y fuerte personalidad de José Manuel.
Me permito, por ello revelar un solo dato de esta triple experiencia compartida con él: el papel de calcar.
Como he dicho hemos proyectado a "cuatro manos" durante muchos años.
Cuando iniciábamos el estudio de cualquier proyecto, los primeros dibujos -una vez realizados los trabajos previos de documentación, ordenanzas, conocimiento del lugar, etc- siempre tenían el mismo soporte, hojas DIN A4 de papel de calcar que casi siempre, siguiendo a Saénz de Oiza, incluso fechábamos. Desde nuestras dos mesas del estudio, compartiendo habitación y distanciadas menos de un metro, sin casi hablar íbamos intercambiando nuestros dibujos. Y así, calcando los dibujos del otro, avanzábamos hacia una idea del proyecto... o dos.
En ese momento, y casi siempre después de debatir con Carmen y el resto del equipo para acercarnos a una decisión, José Manuel calcaba nuevamente la propuesta final seleccionada, como explicándose a si mismo y de paso a los demás, las ideas fuerza de la propuesta.
Yo creo que cuando actuaba como profesor de proyectos, el calco era también su más eficaz herramienta. Siempre partía del dibujo que el estudiante presentaba "para corregir". José Manuel, nuevamente, en vez de corregir, calcaba. Y esa acción de calcar, selectivamente, sobre el croquis del alumno, afirmaba a este en su papel de autor. El proyecto no era enjuiciado sino que del encuentro alumno / profesor, de ese calco, resultaba un proyecto nuevo, donde el alumno no se sentía rectificado sino enriquecido tanto en su propuesta como en su conocimiento.
El extraordinario valor para los estudiantes de esos calcos, de esos dibujos, queda verificado en los numerosos exalumnos de José Manuel, que los guardan considerándolos elementos trascendentes en su biografía estudiantil.
A este alimento principal nunca le faltaba la personalización y cercanía del diálogo con el alumno, materializado en unas fotocopias de unas páginas de un libro, no necesariamente de arquitectura, o de unos planos de alguno de sus maestros preferidos o los viajes de estudios o incluso compartir actividades de ocio.
Tampoco faltaba el sustento de sus clases proyectadas, pulcramente fotografiadas, muchas veces presentadas como un diálogo a dos pantallas entre dos de sus autores o de sus proyectos más apreciados.
Sin entrar en su extensa bibliografía me gustaría señalar como en muchos de sus textos escritos destacan descripciones precisas y minuciosas, donde todo parece obvio, que a mi me recuerdan esta misma operación de calco clarificador que trasciende a la mera descripción.
Otras numerosas virtudes caracterizaban a José Manuel: buen sentido del humor, fina y a veces extremadamente dura ironía, gran capacidad de establecer relaciones humanas cercanas, precisión en el análisis, una respuesta rápida y capacidad crítica ..., en definitiva una personalidad, como enunciaba al comienzo de esta nota, rica y compleja.
Pero entrar en todos esos aspectos de su personalidad requeriría una extensión que supera esta nota de agradecimiento escrita desde el recuerdo y en su recuerdo inolvidable.
Javier Frechilla
Buen ambiente y pedagogía.
Hay muchas formas de enseñar.
En realidad habría tantas como personas.
Sin embargo surgen en ocasiones profesores que no se sabe muy bien por qué son capaces de reunir a distintas generaciones.
Y este no saber por qué, tiene que ver con el hecho de que al pensar sobre ello, hay en realidad un enigma sobre la mesa.
Cierto.
Siempre podremos construir una lista que enumere la capacidad de estas figuras de una forma racional, pero ni siquiera eso nos valdrá del todo, porque todo en ellas cuenta; virtudes y defectos, apoyos dulces y no tan dulces, asistencias y silencios, señales.
Es un pensamiento común, extendido y créanme, incierto, aquel que afirma que existen procedimientos reglados para impartir lo que llamamos enseñanza, sin atender a aquello difícil de atrapar por su ser escurridizo:
Criterio
Criterio, que unido a la firme voluntad en defensa de una posición clara ante el ambiente cambiante en cada tiempo, consigue producir carácter.
¿Y esto significa que no hay que moverse, y por tanto mantener una posición fija?
Nos preguntamos?.
Pienso que No.
Porque el junco no se rompe fácilmente ya permite que el viento lo empuje, pero cuenta con nudos articulados que inclinan la planta para que cuando llegue la calma vuelva a su posición.
Y podríamos hablar también de la brújula y de el guía atento a corregir, pero no a imponer.
Capacidad de enseñar o educar dice el diccionario que es Pedagogía.
Capacidad, es igual a suficiencia, aptitud, disposición y talento.
Y me pasa que al leer los sinónimos, veo en ellos algo que se construye pero sobre todo, algo que se tiene.
Y es que, aceptémoslo, hay que nacer para enseñar.
Y de paso, hay que querer, dar y no mirar casi ni a quien, ni por qué.
Y después ya llegarán los que habiendo recibido, habrán entendido o no, que ellos fueron afortunados.
La letra con sangre entra.
Esta frase es muy querida por algunos y otros la dicen sin saber a qué se refiere.
Pues bien, no es así, la letra entra rápido y en profundidad cuando se ha construido lo que me gustaría llamar el buen ambiente.
Porque de eso se ocupa la arquitectura, no otra cosa que convertir lo adusto, duro, difícil y desagradable en el marco para el buen vivir.
Y esto lo podemos llevar a la enseñanza, una en la que el estudiante y más tarde el profesional aprende su tarea y mantiene intactas pasen los lustros y las décadas sus afanes por seguir en la buena dirección.
Porque hay una buena dirección y hay unos maestros claros de los que se debe seguir hablando para poder transmitir.
No basta con saber.
Es vital entregar.
Y así era José Manuel López Pelaez
Descanse en paz.
Juan Mera y la Escuela de Arquitectura de Toledo
EAt
En memoria de José Manuel López-Peláez.
Tuve el privilegio de que José Manuel fuera el profesor que me abriera la puerta de la Arquitectura.
Ahora, tantos años después, lo considero uno de profesores que me han marcado, el primero en el tiempo.
Era tan delicado que no te hacía ver que estabas aprendiendo. Tan sabio que trataba con displicencia eso que otros santificaban: la Arquitectura. Tan liberal que en su clase cabía todo: se mezclaban las imágenes de las colonias obreras de Taut o de Gropius en la pantalla con la letra de My Generation de The Doors en un papel fijado en la pared. Con una suave ironía te inducía a ver lo ambigua y compleja que es la Arquitectura. Esa ironía que era la coartada perfecta para sonreír en todo momento.
No hubo una tutela tan discreta y eficiente como la suya, una tutela que nunca cesaba: te comentaba, años después, que había visto cómo sacabas una buena nota en un curso superior o de pronto le veías asistiendo de improviso a la lectura de tu tesis doctoral.
Ser un buen profesor iba en paralelo a ser un excelente arquitecto, siempre ajeno a todo dogmatismo.
A él, que tanto respetó y ponderó a los maestros, que tan bien los supo entender, estoy seguro de que le gustaría, que le gusta que le llamemos “maestro”. José Manuel: Gracias, maestro.
Fernando Espuelas Cid,
Doctor arquitecto