
El prolífico arquitecto estadounidense –aunque de origen canadiense–, autor del llamado “efecto Bilbao”, ha fallecido en Santa Mónica, California, a sus 96 años.
Desde que abriera su estudio de arquitectura en Los Ángeles en 1962, Gehry dejó claro que no se parecía a ningún otro. Sus colecciones de mobiliario Easy Edges y Experimental Edges, elaboradas en la década de los años 70 a partir de cartón y tablero de fibra, fueron sus primeras obras en acaparar la atención nacional, al proponer soluciones de asiento asequibles, sostenibles y de producción masiva en pleno auge del movimiento medioambiental en Estados Unidos. Sin embargo, fue la renovación de su propio bungalow de dos plantas en Santa Mónica la que consolidó definitivamente su nombre en la arquitectura de vanguardia: primero como figura temprana del deconstructivismo y, más tarde, en 1989, como ganador del Premio Pritzker de Arquitectura, poco después de completar su primer proyecto en Europa: el Vitra Design Museum en Weil am Rhein (Alemania).
Gehry se convirtió en una estrella internacional gracias al diseño del archiconocido Guggenheim Bilbao, un edificio ondulante de titanio y piedra caliza que también definió su estilo arquitectónico. El proyecto de 1997 no solo revitalizó la ciudad, sino que desencadenó todo un auge económico y turístico que la transformó en el destino cultural que es hoy. En 2001, el periodista Robert Hughes acuñó el término efecto Bilbao para describir esta rápida renovación social y económica provocada por la estructura de Gehry. El proyecto cambió para siempre la historia de la arquitectura contemporánea, convenciendo a los gobiernos de ciudades postindustriales del valor económico del diseño y alimentando una carrera mundial por conseguir su propio faro arquitectónico.
La obra de Gehry siempre se centró en la arquitectura como escultura; para el jurado del Pritzker en 1989, citó al artista Constantin Brâncusi como una inspiración mayor que muchos arquitectos de su época. Sin embargo, no consideraba su trabajo puramente formal y reconocía que la arquitectura también debía cumplir requisitos funcionales esenciales. “Concibo cada edificio como un objeto escultórico, un contenedor espacial, un espacio con luz y aire, una respuesta al contexto y a la adecuación del sentimiento y el espíritu”, dijo en una ocasión. “A este contenedor, a esta escultura, el usuario aporta su equipaje, su programa, y con ello interactúa para adaptarlo a sus necesidades. Si no puede hacerlo, he fracasado”.
Fuente AD
Publicado originalmente en AD Estados Unidos